Inicio
Leonor Manquel, düwekafe
tejedora mapuche:
Historias junto al Telar
Leonor Manquel está rodeada de lanas
de colores, tiene 60 años pero se ríe y trabaja como si tuviera
15. Posee una larga y brillante cabellera negra, envidiable. Desde
niña vio a su madre tejiendo a telar -llamado witral en mapudungun-
al calor del fogón de su ruka. Hoy recorre pueblos enseñando a hermanos
blancos y mapuches las técnicas del tradicional telar de la gente
de la tierra.
El telar es mi vida, sentencia Leonor. "Es
como una marca, es seguir viviendo, al igual nuestra cultura: que
crezca y no se termine nunca a pesar de la represiones", dice
esta mujer mapuche al explicar su amor por el tejido. Cuando cepilla
la lana, la hila o dibuja con las hebras, ella siente el placer
de crear con sus manos "a veces tengo que hacer cosas con el
gusto de los demás, pero igual es mi creación y donde la vea la
reconozco", dice. Vivió la discriminación desde niña, al igual
que muchas mujeres "creo que siendo mapuche es más difícil
porque eres feíta, no tienes para vestirte tan bonita". Reconoce
que este problema cruza toda nuestra sociedad "pa’ que estamos
con cuestiones en nuestra raza también hay discriminación".
Los colores del telar
Para tejer a telar sólo se necesita constancia. Es mejor partir
con un telar chiquitito, dice Leonor, para no desanimarse con demasiado
trabajo. Parte importante, son las tonalidades del tejido, sacados
de la madre naturaleza según las técnicas indígenas. Escondidos
en la corteza, las hojas, raíces y a veces las flores, se encuentran
colores que, luego de ser hervidos, penetran la lana para no salir
más. Esa es la ventaja del teñido natural: es eterno y único. Para
teñir hay que hervir durante una hora como mínimo la materia vegetal
escogida, que luego se deja remojando. Después de cuela el agua,
sé hecha la lana y se cuece durante veinte minutos más para que
quede un color firme. Finalmente se lava bien la lana hasta que
el agua salga transparente, nos cuenta Leonor.
Para que las lanas no se destiñan se usan los "mordientes":
El más habitual es la sal, pero antiguamente las mujeres mapuche
usaban la orina podrida, piedra lumbre, ceniza u hollín que quedaba
en el techo de las rukas.
La Flor del Matico da el amarillo que no se sale a diferencia del
Michay, por ejemplo. El Notro florecido tiñe anarajando. Las hojas
del Maqui mezcladas con flores de Chilco dan un tono morado.
Para obtener el color café, por ejemplo se usa la cáscara de cebolla,
Barba de Palo o la raíz del Michay. El rojo intenso natural es difícil
de encontrar en la actualidad, ya que escasea el árbol que lo proveía:
el Tineo. En todo caso nada se pierde con probar "uno tiene
que experimentar y tener sus propios sus mostrarios", dice
Leonor Manquel.
Recuerdos de infancia
"En la ruka vivíamos mi mamá, mi papá, mi abuelita y nosotros.
En el día se vivía en la Ruka y en la noche dormíamos en la casa
nueva. Mi papá romanceaba en las tardes, se sentaba en un almud
y miraba el sol". En su ruka había pifilcas y trutrukas "nosotros
mismos hacíamos nuestras trutrukas, era nuestro juego: quién la
hacía más larga con las hojas de chupón, y le hacíamos con el cachito
adelante".
También recuerda ceremonias sagradas como el Nguillatún "era
tan bonito. Duraba tres días. Yo era chica y no entendía mucho lo
que pasaba. En Ciruelos, fue la última vez que vi un Nguillatún
a los diez años, igual me gustaba porque pasaba todo el día bailando,
sabía que para llover, o para hacer bueno (el clima) o para hacer
malo, y agradecer las cosechas".
Cuenta Leonor que según la tradición mapuche, las abuelas escogían
a un nieto para criarlo como si fuera su hijo. Este era el caso
de Leonor, apadrinada por su abuela al punto de llamarla "madre".
Un día sus tías fueron a buscar a su abuela primero, y a ella después,
para vivir en Lanco. Ahí cambió todo porque, una vez que su abuela
murió, Leonor tuvo que ganarse la comida, a pesar de estar en casa
de sus tías. "Me crié trabajando puertas adentro en casa de
rico, desclasada total. Uno vive como un rico pero es pobre y lo
peor de todo es la pobreza intelectual, porque uno va a la sombra,
va la cola, tratando de ser igual". De esa época recuerda malos
tratos y mucha discriminación "Tempranito, antes de que amaneciera
yo estaba con mi primo en el huerto limpiando todo. Iba a pie pelado
a la escuela. Decían que no tenía mamá. Por eso yo me crié con esa
pena hasta grande", dice.
A los cuarenta años cambió, "fue como subir a la cumbre más
alta y mirar hacia atrás, fue como salir de un cascarón, como nacer
de nuevo". En adelante fue otra persona, y se preguntó que
había hecho por ella, "Tuve tres hijos porque yo quería y me
sentía realizada. Siempre había trabajado para todo el mundo, pero
yo me había postergado siempre". Por el año 80, comenzó a participar
en los talleres solidarios INCADI, en la Iglesia de San Gregorio,
en Santiago. Allí se encontró con mujeres que le ayudaron a ver
la vida desde otra perspectiva "me cambiaron la mentalidad",
dice. De ahí en adelante se capacitó en tejido a telar, con la ventaja
de llevar la habilidad de las mujeres mapuche en la sangre.
Texto y fotografías: C. Serrano
07/03/2003
|
|